Por Ghaleb Krame
Mientras en México seguimos discutiendo si una intervención militar estadounidense es posible, en Estados Unidos alguien ya la simuló.
No ocurrió en la sierra de Sinaloa ni en la frontera. Ocurrió los días 25 y 26 de febrero de 2025 en una sala del Comando Norte, en Colorado, durante el ejercicio TITUS Wargame 2025, vinculado al CONPLAN 3900. En sus 96 páginas aparece un escenario para México que contempla el despliegue de al menos dos destacamentos de Boinas Verdes para apoyar operaciones contra cárteles designados como organizaciones terroristas extranjeras.
El documento permaneció fuera del debate público durante más de un año. No salió a la luz porque alguien quisiera revelar planes sobre México. Apareció como resultado de un litigio promovido por el Cato Institute bajo la Ley de Libertad de Información (FOIA). La organización buscaba esclarecer un debate interno de Estados Unidos sobre el posible empleo de las fuerzas armadas en tareas de seguridad interior. México apareció entre los documentos entregados por el Comando Norte en julio de 2026.
Un wargame no es una orden de operaciones. Es un ejercicio para evaluar opciones antes de una crisis. Pero ignorarlo sería un error.
Poco más de dos semanas después, el 14 de marzo de 2025, se estableció la Fuerza de Tarea Conjunta para la Frontera Sur con varios participantes del mismo ejercicio. Entre marzo y junio fueron desplegados miles de efectivos a lo largo de la frontera. Eso no demuestra que existiera una decisión de intervenir en México. Sí demuestra que parte de lo discutido durante el ejercicio tuvo continuidad en la planificación posterior.
La conexión con la política llegó enseguida. El 16 de abril de 2025, Donald Trump planteó a Claudia Sheinbaum el envío de tropas estadounidenses para combatir a los cárteles. La presidenta rechazó la propuesta invocando la soberanía nacional.
El dato más relevante, sin embargo, no son los Boinas Verdes. Es el cambio de lógica. Cuando los cárteles son clasificados como organizaciones terroristas extranjeras, el problema deja de abordarse únicamente desde la óptica policial. Entran en escena conceptos propios de la doctrina militar: objetivos, capacidades, degradación de redes y operaciones especiales. No cambia solo el lenguaje. Cambian también las respuestas que empiezan a considerarse posibles.
Hasta hoy no existe información pública que permita saber qué ocurrió con las recomendaciones presentadas al secretario de Defensa y al jefe del Estado Mayor Conjunto.
Lo que sí sabemos es esto: mientras Estados Unidos dedica tiempo a imaginar escenarios antes de que ocurra una crisis, en México solemos empezar la conversación cuando esos documentos llegan a la prensa. La diferencia no está en los documentos. Está en la cultura estratégica.

